El haitiano que detuvo al mundo con los colores de EEUU

A propósito de las declaraciones de Donald Trump sobre Haití y otros países africanos, recordamos la historia de Joe Gaetjens, el haitiano que marcó un gol histórico con Estados Unidos en el Mundial de 1950.

Corría el minuto 38 del partido entre Estados Unidos e Inglaterra, durante el Mundial de Brasil 50, cuando Walter Bahr impactó la pelota con su pie derecho. Un misil recto se elevó en ángulo agudo y velocidad crucero. El balón se pierde en la imagen. El gol de Joe Gaetjens solo vive en recuerdos. Harry Keough apela a la memoria para revivir el momento cumbre del fútbol estadounidense. “Si hubiera cabeceado de lleno, la pelota habría terminado en el tiro de esquina”. Gaetjens encontró el obús de Bahr y el rozar de su cabellera ensortijada envenenó el envío y sacudió al mundo. La única fotografía del suceso, impresa en el carrete dos segundos después, muestra la pelota, mansa, que reposa tras las espaldas del arquero inglés Bert Williams. Y Gaetjens y su mirada perdida. Como un transeúnte que pasaba por ahí. Parecía no caer en cuenta. 52 minutos después, el árbitro italiano Dattilo dictó el fin del partido y el comienzo de la historia. Gaetjens, en hombros, la banda azul militar que le atravesaba la camisa blanca, el rostro sereno; la procesión de un santísimo. Estados Unidos había derrotado 1-0 a Inglaterra, la todopoderosa Inglaterra de Billy Wright y Stanley Matthews, en plena Copa del Mundo.

Joe Gaetjens nació en Puerto Príncipe, la capital de Haití, el 19 de marzo de 1924. Hijo de una familia acaudalada, con 14 años se registró para formar parte del equipo Etoile Haitienne. Sin embargo, al no encontrar un sustento de vida en el fútbol, y ante la imposibilidad de ascender en los negocios familiares, consiguió una beca que le permitió estudiar contabilidad en la Universidad de Columbia. En Nueva York compaginó su formación académica con un trabajo de lavaplatos en un restaurant de Harlem. El dueño del establecimiento también poseía un equipo de fútbol amateur llamado Brookhattan, e invitó a Gaetjens a formar parte de él a cambio de 25 dólares extra. Sus actuaciones llamaron la atención de los visores de la US Soccer, quienes buscaban a través del país las piezas para conjuntar a la selección que asistiría al Mundial brasileño. Gaetjens, pese a no tener la nacionalidad estadounidense, fue aceptado en el equipo al declarar su intención de adquirirla después del campeonato.

Ninguno de los compañeros de Gaetjens era futbolista profesional. Walter Bahr fungía como maestro de primaria. Harry Keough trabajaba en el servicio postal. El portero Frank Borghi, otro de los héroes de aquella tarde de Belo Horizonte, era un beisbolista amateur que apenas podía golpear la pelota con los pies. No obstante, los pupilos de Jeffrey Bill resistieron el brutal asedio. “Nadie creía que al medio tiempo estuviéramos ganando”, recuerda Keough en un reportaje de FIFATV. La defensa americana defendía como jauría. Hasta tres defensores salían al paso para bloquear los intentos ingleses y despejaban el peligro a patadas sin ton ni son. Pero el gol de Gaetjens permanecía. Y permaneció. Mientras Gaetjens recorría el Estadio Independencia en hombros de sus compañeros y de un puñado de aficionados, como un rey que reconoce su terruño conquistado, los cables recorrían el mundo con una información que las agencias rechazaban. El New York Times, al recibir el informe, optó por no publicarla en su impreso del 30 de junio. Les parecía un ‘fake news’.

Estados Unidos perdió su tercer partido del torneo ante Chile (5-2; el primero fue un 3-1 contra España) y el equipo se desintegró. Gaetjens declinó la nacionalidad y emigró a Francia donde jugó, sin éxito, para el Racing Club de París y el Olympique Alès. En 1953, volvió a Haití, se convirtió en entrenador y abrió una lavandería. Pero llegó Francois Duvalier. ‘Papa Doc’ fue elegido presidente en 1957 y construyó un régimen de terror, cimentado una demencial mixtura de excesos militares y tradiciones vudú, que encontró en la élite mulata (a la que pertenecía la familia Gaetjens) en las víctimas predilectas de su política represiva. Para ello, apadrinó a un grupo paramilitar llamado Tonton Mouscotes, un auténtico escuadrón de la muerte que detenía, secuestraba, encarcelaba, torturaba y asesinaba sumariamente a opositores al régimen.

El 8 de julio de 1964, una cuadrilla irrumpió en el negocio de Gaetjens y lo llevó al Fort Dimanche, la simbólica prisión de la dictadura-Duvalier. La familia del futbolista, su esposa y cuatro hijos, abandonaron el país vía Puerto Rico y no volvieron a saber nada sobre Joe hasta 1972, el año que Duvalier murió. Gaetjens, el autor del gol más importante del fútbol estadounidense, no vivía más. Lesly, el mayor de los hijos, contó a la BBC en 2014 que tenía informes de la CIA de que Duvalier mismo había asesinado a su padre.

Joe Gaetjens, el héroe que desapareció. El futbolista que labró una de las historias más apasionantes que haya escrito el balompié. El adalid olvidado de un país que, hoy, reniega de él y sus compatriotas. Que la historia no vuelva a olvidarlo.

Lengua filosa

“Tomó demasiado, son adicciones y hay que ayudarlo”. Víctor Blanco.

“Todo es mentira. Si yo digo lo contrario, que lo prueben”. Ricardo Centurón.

“A Centurión lo volvería a concentrar una y mil veces”. Eduardo Coudet.

El martes se vivió el Centurión-gate, uno más. Primero, la voz del presidente de Racing, revelando la situación de Ricky y tirando frases: “El sábado no estaba al 100% como un profesional; si salís y tomás, después no rendís”. Ahí se encendió una polémica que parece no tener fin y que mantiene al mismo protagonista. El jugador dio su versión y contraatacó: “Blanco dice que me quiere cuidar y me sorprende porque no me están cuidando; que me lo diga a solas”. Algo pasó. Algo se rompió.

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En el medio, Coudet. El DT afirmó que no lo puso en Tucumán porque “otro estaba mejor”. El lunes Racing visitó al Decano, al que vencía por 2-0, pero terminó empatando y casi lo pierde. Centurión fue al banco e ingresó para jugar un cuarto de hora, pero no cambió la historia del partido.

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Ahora, en medio de otra situación extrafutbolística, Ricky dejó de tirar bombas, pero posteó historias en Instagram, desde Puerto Madero, con el Puente de la Mujer de fondo, vestido de blanco, con una corona en su pilcha y sacando su lengua. Una lengua filosa.

Centurión y sus historias.

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“Queremos saldar la deuda de la Libertadores”

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Más de 2.000 hinchas de Boca que llegaron a Barcelona de todas partes del mundo se juntaron para hacer un banderazo en la previa del partido por la Joan Gamper. Y antes de cantar el himno del club y el de nuestro país, Daniel Angelici se subió a un pequeño escenario y les dio a todos los Xeneizes un discurso más que optimista.

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El presidente del club, quien por momentos fue un hincha más y se sumó a los cánticos, se comprometió a dejar todo para lograr el gran objetivo del semestre: volver a conquistar América. “Queremos saldar la deuda que tenemos con los hinchas del mundo y ganar la Libertadores. Tenemos un equipo que en los próximos años nos va a dar muchas alegrías”, avisó. Y al toque se cantó con todo el clásico “quiero la Libertadores…”.

Angelici participó de un acto protocolar con el vice de Barcelona (@BocaJrsOficial).

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Eso si, el Tano no se olvidó de la Superliga y dejó en claro que van a pelear todos los frentes. “En todos estos años hemos trabajado para tener una gran estructura financiera. Con el presupuesto y la economía de Boca vamos a poder mantener el equipo y ese es el mejor refuerzo. Hasta diciembre no se va nadie y estamos muy ilusionados con el plantel que armamos. Vamos a ir por el tricampeonato”.

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Angelici participó de un acto protocolar con el vice de Barcelona (@BocaJrsOficial).

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