por Horacio Castelli
En este último grupo se inscribe la ingeniera Susana Laborde, a quien se le cuestiona dirigir sus acciones hacia sectores, municipios o gobiernos específicos, convirtiéndose en un obstáculo para el desarrollo necesario bajo un manto de falsa ecología.
El accionar de Laborde y de su grupo de “ambientalistas selectivos” queda en evidencia al contrastar sus intervenciones en distintos distritos.
Un claro ejemplo de esta “vara torcida” se observa al comparar la rigurosidad que exige en Necochea con la laxitud que muestra frente a acciones similares en municipios vecinos.
Tiempo atrás, el Municipio de San Cayetano presentó un proyecto de ordenanza para enajenar y subastar terrenos en su Balneario, medida que fue aprobada por el Concejo Deliberante de esa localidad.
Al analizar los considerandos y el articulado de dicha ordenanza, llama poderosamente la atención la ausencia total de menciones a estudios medioambientales previos. Tampoco se hace referencia a la determinación de urbanización aprobada por la Provincia de Buenos Aires.
Resulta incomprensible cómo estas omisiones en San Cayetano no generaron el rechazo de Laborde, quien suele mostrarse extremadamente “puntillosa” con las decisiones adoptadas en Necochea, como ha sucedido recientemente con la subasta del Casino.
La pregunta que surge es evidente:
¿por qué Susana Laborde no aplica la misma rigurosidad técnica y ambiental en todos los casos?
Esta falta de coherencia refuerza la idea de que no se busca proteger el entorno, sino ejercer presión política dirigida. Las medidas de “no innovar” impulsadas por este grupo selectivo demuestran que, para la ingeniera Laborde, la vara con la que se mide el impacto ambiental cambia de dirección según el mapa.