La cifra refleja una caída interanual del 2,5% y confirma una tendencia descendente que se arrastra desde hace años, pero que se profundizó en el actual contexto económico. Con salarios que no logran acompañar la inflación, cada vez más familias reducen la frecuencia de consumo o directamente reemplazan la carne vacuna por opciones más económicas.
El impacto de los precios es determinante. Solo en febrero, la carne aumentó un 7,4%, con subas cercanas al 8% en cortes populares como la paleta, el cuadril y la nalga. En el primer bimestre del año, el incremento ya ronda el 12%, muy por encima de la inflación general. Incluso el pollo, tradicional alternativa, también subió fuerte, limitando las opciones para los hogares.
Detrás de esta escalada aparecen varios factores: menor oferta de hacienda tras años de sequía, caída del stock ganadero y una mayor presión exportadora que reduce la disponibilidad en el mercado interno. En ese marco, el precio del ganado en el Mercado de Cañuelas subió 8,5% en febrero y acumula un incremento interanual del 72,7%.
La producción tampoco escapa a la crisis. En el primer bimestre de 2026 se produjeron 457 mil toneladas de carne, un 9,1% menos que el año anterior. Como consecuencia, el consumo total cayó un 13,8% interanual.
Este escenario ya golpea a la cadena productiva. Empresas vinculadas al Consorcio de Exportadores de Carnes Argentinas ABC comenzaron a aplicar suspensiones y ajustes, con casos de plantas que redujeron personal o directamente cerraron, afectando a cientos de trabajadores.
El panorama marca un cambio profundo en la mesa de los argentinos. La carne vacuna, históricamente símbolo de la identidad nacional, comienza a transformarse en un consumo cada vez más ocasional. Entre precios en alza, menor producción y salarios rezagados, el desafío no solo pasa por recuperar la oferta, sino por devolverle accesibilidad a un alimento que supo ser cotidiano.