por Benjamín Vázquez
Ese mismo razonamiento, trasladado al plano local, encuentra ecos preocupantes en Necochea.
Mientras a nivel nacional se discuten inconsistencias patrimoniales y dudas sobre conductas dentro de La Libertad Avanza, en la ciudad emergen casos que exponen una distancia cada vez mayor entre el discurso y la práctica.
Uno de ellos es el del concejal Mariano Valiante, señalado por la presidenta de una cooperativa por haber intentado gestionar cobros mediante cheques por supuestos fletes que, según la denuncia, nunca debieron pagarse porque eran realizados con recursos municipales. A esto se suma el impacto administrativo que habría derivado en la pérdida de documentación y herramientas clave para el funcionamiento de la entidad.
En paralelo, aparece la figura de Juan Cerezuela, envuelto en versiones que lo vinculan a un presunto caso de robo de energía eléctrica en su propio comercio. De confirmarse, el hecho no sería menor: implicaría un perjuicio directo a la comunidad y un golpe a la credibilidad de quien debe representar a los vecinos.
Ambos casos, aunque en distintas escalas, reflejan lo mismo que advierte Pagni a nivel nacional: cuando el discurso político se apoya en la idea de “ser distintos” o “terminar con la casta”, cualquier señal en contrario no solo genera ruido, sino que erosiona rápidamente la legitimidad.
La pregunta de fondo es si estamos frente a hechos aislados o ante una lógica más amplia, donde el relato moral choca con prácticas que repiten viejos vicios de la política que se prometía reemplazar.
En Necochea, como en el escenario nacional, la vara fue puesta alta por quienes hicieron de la ética su principal bandera. Y como bien señala el análisis de Pagni, cuanto más alto se sube en ese discurso, más fuerte puede ser la caída.