Foto de Geoff Caddick/PA Wire URN:9414325. Asociación de prensa vía AP Images

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No no no no no no no no no no no no no no no no ¡me muerooooooooooo!

Durante los últimos tres años, un hombre de Florida llamado Blake Collins ha estado luchando con una infestación de cucarachas en su departamento, informa Tallahassee Democrat. Claro, las cucarachas son asquerosas, pero estas cosas pasan, y Collins simplemente se quejó con su casero y siguió con su vida, tratando de ignorar la molestia.

Algunas almas más débiles habrían llamado a un exterminador en cuanto las cucarachas comenzaron a salir de entre los artefactos de iluminación y se apiñaron para comer los alimentos que estaban expuestos, pero al parecer, eso no alteró a Collins. Otros podrían haber optado por mudarse una vez que las cucarachas comenzaron a arrastrarse por la cama durante la noche. Pero no Collins. Él y su esposo simplemente se ahuyentaban la plaga mutuamente y continuaban durmiendo. Pero por valiente que pueda ser Collins, por más capaz que haya sido de coexistir con un mar de insectos prehistóricos y furtivos, tenía que poner un límite en alguna parte, y ese límite, al parecer, fue cuando una intrépida cucaracha decidió infestar su conducto auditivo.

Mientras Collins dormía, una cucaracha se metió en su oreja y se quedó atascada. Se despertó a las 5 am con una sensación muy extraña dentro de su cabeza y, sí, un sonido aún más extraño.

“Pude escuchar sus patas dentro de mí”, le dijo al Democrat. “Sentí como si alguien estuviera introduciendo un cotonete dentro de mi cabeza y no hubiera nada que yo pudiera hacer para detenerlo”.

Rápidamente corrió al hospital, con el sonido de innumerables patas diminutas haciendo eco dentro de su cabeza, y le explicó la horrible saga al médico en turno. El médico preparó una jeringa llena de un anestésico llamado lidocaína y la inyectó en el oído de Collins en un intento de matar al insecto. Y lo logró, lo mató; pero no antes de que Collins se viera obligado a escuchar toda su horrenda agonía dentro de su cráneo.

“La escuché morir en mi cabeza”, dijo. “Cuando el médico inyectó la lidocaína, pude sentir que [la cucaracha] avanzaba súper, súper rápido, pateando y tratando de salir”. Aparentemente le tomó varios minutos morir a la cucaracha, luchando por cada segundo de vida. En un momento dado, Collins incluso escuchó que el insecto emitía un “débil chillido” mientras la vida se escapaba lentamente de su estructura dura e insectoide. “Entonces, dos minutos después, simplemente se detuvo y murió”.

Pero como cualquier buena historia de terror, esta saga también tuvo un último susto al final, una vez que parecía que lo peor ya había pasado. Después de que el cadáver sin vida de la cucaracha fue exhumado de la cabeza de Collins, el doctor echó un vistazo final y se dio cuenta de que el insecto había dejado un último regalo dentro de su anfitrión involuntario, un huevo lleno de pequeñas cucarachas bebés. Afortunadamente, el doctor pudo sacar el huevo antes de que eclosionara y un ejército de pequeñas cucarachas empezara a correr por su cerebro, pero ya había tenido suficiente. Una vez que salió del hospital, Collins y su esposo decidieron romper su contrato de arrendamiento y finalmente mudarse a una nueva residencia libre de cucarchas.

Desafortunadamente, es demasiado tarde para que Collins olvide el sonido que probablemente lo persiga en los próximos años: el roce de pequeñas patas, las patadas espasmódicas contra su canal auditivo, y ese suave y débil chillido susurrando “ayuda” desde lo más profundo de su cabeza. Ninguna cantidad de lidocaína podrá matar esa pesadilla.

Publicado originalmente en VICE.com