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Matera, Petti y Socino tienen una oportunidad histórica de ayudar a sanar la imagen del rugby

Por Andrés Castagno*

El rugby es un deporte hermoso. Es uno de los pocos que les da cabida no solo al rápido, al esbelto, al modelo del deportista ideal, sino también al bajo, al gordo, al morrudo. Todos tienen algo que hacer en un equipo de rugby. Todos tienen un lugar y son necesarios en el lugar que les toca. Todos tienen que ser solidarios con el equipo. Eso ya lo pone entre mis deportes preferidos.

Tiene muchas reglas. Y, sí. Más allá de lo técnico, donde dice que la pelota se pasa para atrás, que si se te cae y pica para adelante, la perdiste, y tantas otras, el deporte de contacto por excelencia, que se juega con rudeza, en donde se expone al cuerpo, necesita un marco regulatorio que diga exactamente qué se puede y qué no. Reglas que no permitan que todo se vaya al diablo. Porque lo juegan seres humanos, no máquinas. Y a veces se les vuelan los patos, como a todos.

Por eso exige que se juegue con nobleza, con caballerosidad, con elegancia espiritual. En una montonera, si el árbitro está del otro lado de la montaña humana controlando que las cosas se hagan bien, no aprovechás para pisarle la cara a uno de los forwards contrarios que quedó fuera del campo visual del referí. Es más, mirás bien y te cuidás de no pisarlo. Porque esa es la manera de honrar al deporte, y al equipo. Bueno, al menos eso es lo que se espera.

No quiero hablar acá del homenaje de los Pumas a Maradona (entre nosotros, después de la palabra homenaje había escrito un adjetivo que calificaba al homenaje, pero se me estaba escapando una opinión en esa sola palabra). Eso queda en la libertad de cada uno. Tampoco es que a Diego era obligación amarlo, como lo amo yo. A mí el haka de los All Blacks, frente a la camiseta del guerrero caído, me emocionó. El haka siempre me emociona, así que esta vez vino con bonus track. Pero bueno, ca’cual es ca’cual y ca’uno, ca’uno, dicho que repetía mi padre.

A lo que quiero ir es a los mensajes que soltaron esta semana el nudo de la soga de una guillotina social dispuesta a caer sobre cuellos expuestos en Twitter. Y hablo fundamentalmente aquellos con los que se abrió la temporada de caza del Puma. Y no pretendo que el Puma sea una especie protegida, porque en esta jungla no hay coronitas. Lo que sí pretendo es tratar de echar otra mirada sobre nosotros, los que enseguida levantamos el dedo, o bajamos el pulgar.

Y también me gustaría señalar la oportunidad excelente, casi única de usar estos desafortunados mensajes como una herramienta educativa para las nuevas generaciones de rugbiers que sueñan con ponerse la celeste y blanca horizontal algún día.

Quiero empezar siendo claro: los mensajes son horribles y detestables. Destilan desprecio social y odio racial, misoginia, homofobia, además de parecer escritos desde una mirada “superior” que no augura nada bueno. Todo mal, todo oscuro. Un insulto hiriente para mucha gente en particular y para la sociedad en general. Espero que haya quedado claro lo que pienso al respecto. Porque quizá en un rato diga cosas con las que no estén de acuerdo y me van a saltar a la yugular que uno expone cada vez que emite una opinión pública.

De movida me sumé al enojo general. Repartí memes incendiarios, opiné con la tranquilidad de saber que opinar es gratis, me prendí a la turba inquisitoria. Tengo un montón de amigos que, como yo, queríamos castigos ejemplares para los tres pibes que habían escrito esas cosas horribles. Tengo algún que otro amigo que los defendió con esprit de corp alegando que se trataba de una maniobra política. Y creo que tanto unos y otros lo hicimos sin espíritu crítico. Nos movió la pasión. A mí, particularmente se me hirvió la sangre y casi que ni pude pensar.

En la canción Sick of you, del sublime álbum New YorkLou Reed dice, con ironía por cierto: “The bad makes the good and there’s something to be learned in every human experience”. Traducción: lo malo hace lo bueno y hay algo que aprender en cada experiencia humana. Así que al pasar unos días, cuando el punto de hervor había pasado pude reflexionar de otra manera. Intenté ver qué aprender de esto, y de si de lo malo podía salir algo bueno. Pero esta vez sin la ironía del viejo Lou.

Lo primero que me golpeó es recordar que dentro del grupo Víctimas por la Paz al que pertenezco hay casos de perdón a cosas muchísimo más graves que estos twits, por más horribles que sean. Claro que siempre vinieron de la mano de ofensores arrepentidos por sus acciones. Verdadera, profunda, sinceramente arrepentidos.  Gente que torció sus vidas por decisiones equivocadas o fruto de una historia o una educación que no les permitió entender el camino correcto. Como a estos y a otros rugbiers. Y que luego mostraron un arrepentimiento de corazón. Y hubo gente dispuesta a perdonarlos. Porque entendieron que la persona que había cometido el daño había cambiado, que era otra. Y la persona dañada, la víctima, recuperó algo de su alma tan cargada de dolor al dar el perdón a la otra persona dañada, el victimario. Que seguramente recuperó también algo de su alma. O quizá la encontró por primera vez.

Ahí tenía algo: se puede encontrar un camino para perdonar.

Condiciones: tiene que haber arrepentimiento verdadero del ofensor y, sobre todo, tiene que haber ánimo de perdón. La situación del perdón en busca de la mejor convivencia nos da trabajo a todos. No es así nomás.

Entonces sentí que la situación tenía una salida, ayudada por un aliado implacable: el tiempo.
Puse más arriba, ex profeso, la palabra pibes, porque parece que cuando escribieron esas estupideces o maldades o como quieran llamarlas, tenían veinte años o menos. No justifico con esto que la edad los haga menos sensibles. Conozco muchos ejemplos de chicas y chicos de esa edad, y menos también, con una mirada llena de amor por el otro, por el menos favorecido, por el que recibe de lleno en su estómago el golpe de la desigualdad social. Hordas de jóvenes que son la única esperanza que tengo.

Lo que quiero decir es que quizá esos chicos de hace diez años que escribieron esa horripilancias, hayan crecidohayan desarrollado otra miradahayan entendido la dignidad del trabajador, o lo que significa respetar otro color de pielotra religiónotra elección sexual. Y quizá hoy ya no son las mismas personas que eran. Remarco el “quizá”, y me gustaría que fuera un “seguramente”.

Conozco casos de personas privada de la libertad, gente presa, que aún en ese infierno que es la cárcel, se las ha arreglado para reflexionar sin odio, para alejarse de lo que la alejaba de la sociedad, para construirse una nueva vida. Gente que ha estudiado carreras, que ha aprendido oficios, que ha abrazado religiones. Para no ser la misma persona que cometió el delito y ser un vecino más el día que le toque salir.

¿Podemos confiar en que Matera, Petti y Socino hayan crecido? Solo su arrepentimiento (sincero y profundo como ya fue dicho), sus palabras y sus acciones lo dirán. Tienen una oportunidad histórica de ayudar a sanar la imagen del rugby. Pueden usar sus redes sociales para el bien (¿metieron la gamba? Hay que dar la cara, muchachos), difundiendo mensajes de unión, empatía y compromiso social. Pueden recorrer escuelas y clubes de rugby para mostrar los verdaderos valores del deporte, junto a verdaderos valores de vida y respeto.

Pueden ponerse al hombro el cambio que este deporte necesita.

Para que no suceda que en una fiesta o en un boliche todos piensen: “cagamos, llegaron los rugbiers”. Para que los mismos rugbiers no piensen: “llegamos, ahora mandamos nosotros”. Para que no se siga alimentando una cultura abominable que haga que las cosas trepen hasta ese pico de horror que fue el asesinato de Fernando Báez (1).

Agustín Pichot, una persona que admiro, y un jugador impresionante, dijo al respecto, entre otras cosas: «para mí el rugby es algo increíble, y que ayuda a mucha gente a tratar de ser buenas personas, además de buenos deportistas”. Les cuento que el penal de Barker es el hogar del equipo de rugby Los Mirmidones. Es una iniciativa de gente de Tandil, que vió en el rugby la manera de transmitir una ética que solo este deporte tiene. Sus objetivos son: «bajar la tasa de reincidencia delictiva y favorecer la inclusión social a través del rugby, la educación, el trabajo y la espiritualidad». Eligieron, con mucho criterio, el rugby, un deporte solidario, formativo, valioso. Es una experiencia exitosa, emocionante.

Creo que la oportunidad de salvar al rugby es esta, desde el fondo del pozo en el que hoy se encuentra.

Solo hay que dar la cara, mostrar arrepentimiento sincero y, de acá en adelante, construir para unir.

Y, van a ver, la gente está dispuesta a perdonar.

(1) Quiero aclarar que cuando hablo de perdón a los victimarios no hablo de impunidad. El perdón es algo personal que sucede dentro de la víctima, en este caso los familiares y amigos de Fernando. El castigo que debe cumplirse por el delito va por otro carril.


*Licenciado en Publicidad USAL.
Exredactor y docente publicitario.

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