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Dra. María Fernanda Menéndez: «La solidaridad como estandarte en la pandemia»

Días atrás, finalizando mi jornada laboral, noto un importante alboroto que proviene del Servicio de Emergencias Médicas. Se trata del ingreso de un paciente traumatizado grave que nuestros compañeros intentan estabilizar, acomodar, solucionar; conectan cables, tubos, máquinas, y todo lo que se percibe parece anunciar una situación de extrema gravedad.

Se toman muestras para el laboratorio que viajan en bandejas a toda velocidad por las escaleras, una y otra y otra vez. Se escuchan palabras hartamente conocidas como traeme, ponele, medile, fijate, todos trabajando en unísono ante situaciones que son siempre indeseadas y donde el tiempo apremia. Después de un breve rato, que parece eterno, podemos apreciar de cerca lo que sucede. Se trata, simplemente, de una gran tragedia.

Al salir, nos toca informarle a Emilio, su papá, la situación que se vive por detrás de la puerta vaivén. En ese instante, el tiempo se detiene, la noche se pone más negra y el aire tibio se vuelve helado entrando por su respiración y envolviendo su alma. Quiebra en llanto, sin poder comprender lo que le estamos transmitiendo.

Transcurren las horas, y la situación se agrava aún más. Entonces, llega el mensaje, aunque paradójico, que Emilio tristemente recibe: “estamos ante una situación que no tie-ne retorno, aunque sí todavía resta mucho por hacer”. Emi-lio sigue en pie, aunque abatido, con el aura oscura y un aire frío que recorre su espalda. Se aferra al brillo de alguna estrella que ilumine su camino. Reflexiona.Después de unos minutos de introspección, y como un reto al destino, Emilio vuelve a la noche angelada: “era muy so-lidario, doctora, quiero que done sus órganos”. Este gesto único de amor cala profundamente en nuestros corazones y en nuestras almas, al mismo tiempo que se gatilla un com-bate fenomenal con el tiempo, el sistema y los protocolos. Nos proponemos lograrlo, y ahí vamos. Ponemos el cuer-po, los sentidos, el alma, no contamos las horas ni si toca comer, dormir o regresar a casa; en verdad, nada de eso im-porta ahora. Empiezan los llamados, los pedidos a deshora, las mediciones y todo un arsenal de cosas que son funda-mentales para aquellos que desesperadamente están a la espera, apostando a la vida. Avanzamos hasta el nuevo amanecer, mirando repetida-mente al cielo esperando vislumbrar gigantes pájaros mo-torizados, que finalmente llegan.Así, en una mañana concurrida entre conocidos, descono-cidos, colaboradores y ayudantes, se produce uno de los tantos milagros de la vida y de la ciencia, donde un ser pue-de cambiar la historia de otros pares.En ese júbilo por el éxito del trabajo realizado, ahí sigue Emilio, ahora encandilado por la luz del día, habiéndose desprendido del aura oscura y el frío en su espalda, alzando ni más ni menos que el noble estandarte de la solidaridad. Sabiendo, íntimamente, que su hijo permanecerá siempre vivo, sosteniendo el milagro de la vida. Dra. María Fernanda Menéndez 1, 2

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