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La aventura adolescente

*Por Fabio Álvarez

¿Por qué hablar de «aventura»?

Bueno, tal vez porque siempre que iniciamos algo nuevo, o nos adentramos en un territorio
desconocido, y lo hacemos pese a nuestros temores, sentimos que estamos viviendo una
aventura.

Y algo de eso se trata en la adolescencia. En el mejor de los casos. Claro que para poder
animarse a vivir una aventura uno debe sentir algo de confianza, cierta seguridad.

¿Confianza y seguridad en qué? Básicamente en uno mismo. Aunque también en la gente,
en el mundo, en las personas.

Esta última frase nos hace pensar en que hay adolescentes, los que sienten cierta
confianza, que se animan a vivir la aventura de vivir y crecer. Y probablemente otros no tan
afortunados no se arriesguen a hacerlo, o lo hagan de una forma no tan beneficiosa para
ellos mismos.

Se ha dicho que es en la adolescencia cuando las personas se forjan su propia identidad. Y
de hecho es así. Claro que esa estructuración no puede desconocer las bases y la historia
previa. Es decir: uno llega a la adolescencia con cierta «carga» emocional y mental. Carga
de la cual uno no puede sustraerse.

El bagaje que uno trae es lo que permitirá a algunos adolescentes hacer su aventura. ¿Cual
es la aventura? La aventura es poder hacerse un camino y una historia propias, en parte
rompiendo con la historia anterior. Es decir, el adolescente sano, en el mejor de los casos,
debe hacerse su propio camino. Y esta de alguna forma debe «sorprender» e «incomodar» a
los padres. Por eso es que, lo lógico, es que los padres a veces pensemos que no
entendemos y/o no estamos de acuerdo con lo que hacen nuestros hijos adolescentes. Y
debe ser así. Tiene que ser así.

Matías, de 19 años, dice que va a dejar su carrera de Ingeniería para dedicarse a la música.
Sus padres, ingeniero y contadora, están espantados. No lo entienden. Desesperadamente
esperan que alguien «convenza» a Matías para que entre en razón.

Eugenia, de 21, decidió irse a vivir a Europa con su tía materna. Dice que va a estudiar
Química y que quiere vivir en el primer mundo. Sus padres no terminaron el secundario y
están en desacuerdo con su decisión, que implica «abandonar» la familia.

Juan es hijo de un futbolista muy famoso. El padre no entiende que a su hijo no le interese
absolutamente ningún deporte. El chico quiere dedicarse a la comedia musical, y los padres
se preguntan si su hijo no tiene alguna confusión con su identidad sexual.

Podríamos seguir con los ejemplos (que además todos conocemos) interminablemente.
Pero lo común de ellos es la valentía en cómo los adolescentes, generalmente los más
sanos, se aventuran en «romper» con los moldes y la historia anterior familiar, para crearse
una vida propia. Y en este punto es importantísimo decir que es fundamental que los padres
aceptemos, toleremos (aún con cierta incomodidad) el camino elegido por nuestros hijos.

Obviamente, como ya dijimos, nadie puede desconocer su historia. Es típico que aún en los
casos más extremos, los hijos incorporan elementos de su historia anterior en su nueva
aventura. Aunque a primera vista no parezca, a veces uno, posteriormente, encuentra que
los adolescentes han preservado el legado familiar, transformándolo a su manera. Juan es
hijo de un violinista de música clásica, concertino de la Orquesta Sinfónica Nacional. Su
padre no tolera que su hijo pase horas y horas tocando la batería en una banda de punk
rock. Dice que lo vive como una provocación a su arte. Pero lo que el padre no ha percibido
aún, es que la música de su hijo, sorprendentemente, se parece bastante a la que él
interpreta. De hecho en el ambiente punk, a la banda de Juan le dicen «Los Clásicos».

Y se trata de eso. La creación de algo nuevo, por definición, nunca es de la nada. El acto
creativo implica el cómo hacer algo nuevo mediante una novedosa configuración de
elementos anteriores.

Pero no todos los adolescentes llegan a eso. Algunos sienten que si eligen una vida propia
eso puede ser intolerable para su familia. Y sienten que hasta podría dañar a sus padres.

En esos casos los hijos se someten, a veces con más o menos resignación, a una vida
dentro de los parámetros impuestos por la generación anterior.

En otros casos, los adolescentes viven su propio camino, o su sexualidad, con una vivencia
de que lo que hacen está mal. O que es algo «enfermo» o «patológico», lo cual muchas
veces lleva a que lo vivan con culpa, o lo escondan. O que empiecen a odiarse a ellos
mismos, lo que en los casos más extremos puede estar acompañado de un gran
padecimiento, o incluso incluir pensamientos suicidas.

Decíamos que ningún adolescente puede sustraerse totalmente del bagaje emocional y
mental previo que trae de los vínculos con sus figuras de apego primarias.

Si las cosas van mal, y el adolescente no puede hacerse su propio camino de una manera
genuina, la angustia y el padecimiento estarán muy probablemente acompañándolo. Otra
salida posible en estos casos es el desarrollo de distintos tipos de adicciones, que tienen la
funcionalidad inconciente de regular dicho sufrimiento, y anestesiar la existencia.

Por eso mismo es que debemos sostener la idea que aún cuando sea incómodo para los
padres tolerar la diferencia y la alteridad de nuestros hijos, eso es generalmente lo mejor
que puede suceder. Ojo, no digo que sea fácil lograrlo.

Lic Fabio Álvarez

Psicólogo y psicoanalista, especialista en Niños y Adolescentes
Miembro de la Asociación Psicoanalítica de Buenos Aires
Ex Director del Departamento de Niñez y Adolescencia de APdeBA
Director de Extensión del Instituto Universitario de Salud Mental
*(Todos los ejemplos mencionados en el presente artículo son ficcionados)

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