21/04/2026

Opinión

La doble valija: entre el deseo, la necesidad y la crisis

09:07 | Migrar es, en esencia, arriesgarse a comenzar de nuevo. No siempre es una decisión romántica ni rigurosamente planificada; a veces surge de la necesidad, otras del deseo y, con frecuencia, de una compleja combinación de ambos.


por Lic. Silvia Ajmechet, Mónica Fernández y Lic. Isabel Ferrer


Migrar implica preparar una valija en la que conviven objetos materiales con un vasto equipaje invisible: recuerdos, aromas, sonidos, costumbres y, fundamentalmente, la trama de los afectos. Quien migra no solo cambia de geografía, sino también de paisaje sonoro: se enfrenta a otros acentos y a nuevas formas de nombrar la realidad. Todo exige, entonces, un esfuerzo sostenido de atención, energía y una constante labor de traducción cultural.

Atravesar esta experiencia de crisis —marcada por vivencias de desamparo, vulnerabilidad y pérdida de sostén— depende en gran medida de la historia de vida de cada persona. Sin embargo, el aspecto psicológico suele ser el menos atendido. El proceso migratorio puede derivar en una adaptación saludable o en un cambio vivido como inaceptable, atravesado por el dolor, la incertidumbre y la frustración. Esta transición puede desencadenar ansiedades ligadas a aspectos primarios, movilizadas por un profundo sentimiento de desamparo, en el que se reclama —casi imperiosamente— la presencia de una entidad protectora y proveedora. En ese punto, se evocan los vínculos fundantes de la infancia y la necesidad de contención en el país de llegada.

Migrar es también una expansión del mundo. Es descubrir otras formas de habitar y de organizar la vida familiar; un proceso que enseña que la identidad no es un rasgo estático, sino una construcción en permanente movimiento. El migrante no deja de ser quien era, pero ya no es exactamente el mismo. En toda migración se pierde la inmediatez de los afectos conocidos y la sensación de pertenencia que no requiere explicaciones. Pero también hay ganancia: nuevas oportunidades, vínculos inéditos y el descubrimiento de una versión propia hasta entonces desconocida.

En un mundo de fronteras a veces rígidas y otras difusas, el fenómeno migratorio revela que el ser humano se desplaza en busca de bienestar, seguridad y crecimiento. Sin embargo, suele existir una resistencia a lo nuevo y una idealización del país de origen. Detrás de esa idealización, muchas veces se oculta un duelo inconcluso por la tierra que se dejó. Cuando han existido traumas sociales previos, estos pueden consolidarse en convicciones rígidas que luego se proyectan en el país de destino.

Pese al dolor que puede implicar, migrar es ampliar el horizonte. Para que esta transición resulte favorable, es fundamental un acompañamiento que permita transformar las vivencias traumáticas en aprendizajes integradores. Cuando el entorno comunitario promueve la inclusión y el reconocimiento de derechos, la migración deja de ser percibida como una rareza o una amenaza y pasa a convertirse en interculturalidad: una riqueza que potencia el desarrollo social, económico y humano.

En este marco, el Centro Liberman de la Asociación Psicoanalítica de Buenos Aires ha desarrollado un dispositivo de acompañamiento para migrantes latinoamericanos, orientado a procesar estas experiencias. Cada historia migratoria, cuando es escuchada en su singularidad, permite comprender que el movimiento no es una anomalía, sino una dimensión constitutiva de la experiencia humana universal.