por Jorge Gómez
En silencio, casi sin estridencias, las Municipalidades de la Argentina comenzaron a atravesar durante el otoño de 2026 una de las situaciones más complejas de las últimas décadas. Intendentes de distintos signos políticos -peronistas, radicales, del PRO y vecinalistas- coinciden en un diagnóstico que empieza a repetirse en cada reunión institucional. Viene siendo y se sostiene el retiro del Estado nacional de múltiples programas, obras y transferencias está dejando a las ciudades frente a un escenario de enorme tensión social y financiera.
La escena se repite en distintos puntos del país, pero adquiere especial intensidad en la Provincia de Buenos Aires, donde los gobiernos locales concentran buena parte de la demanda social.
Allí, intendentes que históricamente han tenido diferencias políticas coinciden en una preocupación común cual es la abrupta desaparición de la obra pública nacional y el cierre de numerosos programas federales que durante décadas alimentaron el funcionamiento cotidiano de las comunidades.
La situación quedó reflejada días atrás cuando el intendente de Necochea, Arturo Rojas, participó junto a otros jefes comunales de una reunión en la que se reclamó al gobierno nacional la restitución de fondos provenientes del impuesto a los combustibles líquidos, un tributo que históricamente tuvo mecanismos de coparticipación para financiar infraestructura en las provincias y los municipios.
El reclamo se realizó en un contexto institucional encabezado por el gobernador bonaerense, Axel Kicillof, quien desde hace meses viene denunciando una reducción drástica de los recursos que la Nación transfiere a la provincia.
El conflicto ya no es solamente político. También comenzó a trasladarse al terreno judicial, con demandas para que el Estado nacional cumpla con obligaciones financieras previstas en distintos esquemas de distribución de recursos.
Pero mientras esas discusiones avanzan en tribunales o en ámbitos institucionales, en las ciudades la realidad se vuelve cada vez más concreta.
Los municipios son el primer mostrador del Estado. Allí llegan los reclamos por la falta de medicamentos, por la paralización de obras o por la necesidad de asistencia social. Cuando los otros niveles del Estado se retraen, esa presión se concentra inevitablemente en las intendencias.
Ese desequilibrio comienza a preocupar seriamente a los jefes comunales de todo el país. Porque cuando el Estado se retira del territorio, el impacto no se mide en estadísticas, sino que se mide en calles sin obras, en programas que desaparecen y en vecinos que golpean cada vez con más frecuencia la puerta del municipio.