01/07/2026

Opinión

triste realidad

La pobreza vuelve a golpear la puerta

09:29 | Este invierno, Necochea y Quequén muestran señales de una demanda social creciente. Comedores, parroquias, organizaciones comunitarias y vecinos describen, junto con el acompañamiento del Estado municipal, una realidad que interpela: cada vez más personas buscan un plato de comida, un abrigo o simplemente alguien que las escuche. Comprender esa realidad dejó de ser una consigna para convertirse en una responsabilidad colectiva.


por Jorge Gómez


Hay problemas que primero aparecen en las estadísticas y otros que se anuncian mucho antes, en la calle. Antes de que un informe oficial confirme una tendencia o una universidad publique un estudio, surgen señales que empiezan a repetirse: pedidos que se multiplican, conversaciones que se parecen demasiado entre sí y escenas que dejan de ser excepcionales.

En Necochea y Quequén, este invierno parece traer algo más que bajas temperaturas.

No alcanza con hablar de dificultades económicas. Quienes trabajan diariamente junto a las personas más vulnerables advierten un agravamiento de situaciones que ya se insinuaban meses atrás y que hoy se hacen cada vez más visibles. No es una conclusión basada únicamente en números; es el diagnóstico de quienes reciben, escuchan, acompañan y contienen.

Una de esas voces es la de Élida Mabel "Negri" Roldán, integrante del Comedor Mateo, en el barrio Aguas Corrientes.

"Hay gente que esta noche no va a comer", resumió.

La frase tiene una contundencia difícil de relativizar. Ya no llegan únicamente personas en busca de ropa o una frazada. Cada vez son más quienes preguntan, directamente, si hay algo para comer.

Y cuando una familia organiza su día pensando en cómo conseguir el próximo plato de comida, hay algo que dejó de funcionar.

Una realidad similar describen referentes de distintas parroquias y organizaciones sociales. El padre Gonzalo Domench, desde la Parroquia Santa Teresita, observa una demanda creciente que no se limita a lo material.

Cada vez más personas necesitan ser escuchadas. Llegan buscando ayuda económica, pero también contención, una conversación, alguien que les dedique tiempo y les devuelva algo de esperanza.

A ese escenario se suma otra preocupación que muchas veces permanece silenciosa. En distintos espacios comunitarios crecen las situaciones vinculadas al consumo problemático de alcohol y drogas.

No como una consecuencia exclusiva de la pobreza —porque atraviesa a todos los sectores sociales—, sino como parte de un contexto marcado por la angustia, la pérdida de proyectos y el debilitamiento de los vínculos.

También allí aparece una necesidad que rara vez figura en las estadísticas: la necesidad de ser acompañado antes de que el problema resulte irreversible.

Desde Cáritas, por ejemplo en la sede de Santa María del Carmen, reconocen un aumento sostenido en la cantidad de familias que reciben alimentos, ropa y distintos tipos de asistencia. Una realidad que se replica en otras parroquias de Necochea y Quequén.

Detrás de cada bolsón de alimentos hay una historia.

Trabajadores informales que ya no llegan a fin de mes. Jubilados que deben elegir qué gasto afrontar primero. Familias que hacen esfuerzos enormes para sostener un alquiler. Hogares donde calefaccionar una habitación implica resignar otra necesidad.

Casas precarias, pisos de tierra, techos que no aíslan el frío y noches de invierno muy distintas a las de quienes simplemente pueden encender un calefactor.

También crecen las situaciones más extremas.

La presencia de personas en situación de calle dejó de ser un hecho aislado. Más allá de cuántas sean exactamente, las escenas existen.

Cada viernes, antes del amanecer, decenas de personas llegan a la Parroquia del Carmen para ducharse, desayunar, cambiarse de ropa y encontrar un espacio de abrigo por algunas horas.

No buscan comodidad. Buscan dignidad.

Mientras tanto, vecinos observan escenas cada vez más frecuentes: personas pidiendo en los semáforos, golpeando puertas, ofreciendo algún producto para reunir unos pesos o solicitando directamente algo para comer.

Comprender esa realidad no siempre resulta sencillo para quienes tienen una mesa servida todos los días.

No por falta de sensibilidad, sino porque la pobreza cambia completamente la forma de pensar el presente.

Cuando falta lo esencial, desaparecen muchas preguntas que otros consideran normales. El objetivo deja de ser progresar. Pasa a ser llegar al día siguiente.

Y en ese contexto surge una pregunta incómoda para toda la dirigencia política.

Mientras oficialismo y oposición debaten cuestiones institucionales, ordenanzas, competencias y disputas de poder, cuesta encontrar con la misma intensidad una conversación pública centrada en la situación social que atraviesa este invierno.

Las instituciones son fundamentales. El debate democrático también.

Pero resulta legítimo preguntarse si, frente al escenario actual, no deberían ocupar el primer lugar las dificultades cotidianas de miles de vecinos.

Porque mientras se discuten atribuciones y responsabilidades políticas, muchas familias intentan resolver cuestiones mucho más básicas: llenar la heladera, pagar un alquiler, calefaccionar una habitación o simplemente llegar a fin de mes.

Para quienes destinan casi todos sus ingresos a alimentos y servicios esenciales, la inflación que informan los indicadores muchas veces no coincide con la inflación que sienten.

Quizás allí haya un mensaje para toda la dirigencia.

Más allá de las diferencias partidarias, el desafío sigue siendo el mismo: generar trabajo, fortalecer las redes comunitarias y evitar que cada invierno encuentre a más personas golpeando puertas para pedir un plato de comida.

Vivimos en un mundo que habla de inteligencia artificial, algoritmos, productividad y grandes inversiones.

Pero sigue vigente una pregunta mucho más antigua y profundamente humana:

¿Qué hacemos con quien quedó atrás?

Los países discuten crecimiento económico, inversiones y desarrollo. Sin embargo, la pobreza sigue golpeando la puerta.

Y frente a esa realidad ninguna ideología ha encontrado una respuesta definitiva.

¿Cuál debe ser el papel del Estado? ¿Y cuál el de la sociedad?

Un Estado que se desentiende de jubilados, personas con discapacidad o sectores vulnerables deja abierta una pregunta sobre el sentido mismo de la comunidad. Pero una sociedad que delega toda la solidaridad en el Estado también corre el riesgo de perder una parte esencial de sí misma.

Durante décadas existió una Argentina donde el vecino conocía al vecino. Donde las cooperadoras, los clubes, las parroquias, los templos, las asociaciones barriales y tantas instituciones sostenían silenciosamente una red de contención.

Esa red todavía existe.

Está en quien organiza una colecta. En quien cocina para otros. En quien dona una frazada. En quien escucha sin preguntar a quién vota la persona que necesita ayuda.

Allí aparece una enseñanza que el cristianismo repite desde hace siglos: la pobreza nunca puede convertirse en paisaje.

El papa Francisco habló muchas veces de la "cultura del descarte", esa lógica que considera prescindibles a quienes ya no producen, no consumen o no encajan en determinados parámetros de éxito.

Y dejó una frase que conserva plena vigencia:

"Nadie se salva solo".

No se trata de romantizar la pobreza ni de resignarse a convivir con ella. Tampoco de convertir la asistencia en una solución permanente.

Se trata de recordar que detrás de cada persona existe una dignidad que no depende de sus ingresos ni de su situación económica.

Tal vez el verdadero desafío sea no acostumbrarnos.

No aceptar que el hambre, el frío, la soledad o la exclusión formen parte del paisaje cotidiano.

Porque el progreso no se mide únicamente por las obras que se inauguran o las inversiones que llegan. También se mide por la forma en que una comunidad acompaña a quienes hoy más necesitan ser vistos, escuchados y ayudados.