El padre Walter Pereyra llegó a la Parroquia Nuestra Señora de la Merced de Quequén el pasado 18 de abril. Lo hizo después de varios años de trabajo pastoral en distintas comunidades de la región y con una expectativa diferente. Se estaba preparando para regresar a Mar del Plata, pero el obispo decidió enviarlo a Quequén.
A casi cuatro meses de aquella llegada, su primera impresión es positiva. Encontró una comunidad con un fuerte sentido de pertenencia y un marcado compromiso con el lugar donde vive.
“Me encontré con una comunidad que quiere mucho a su lugar”, explicó Pereyra durante una entrevista realizada este lunes 10 de agosto en el programa Voces de la Tarde que conduce Jorge Gómez por Radio Noticias Necochea 97.3 FM.
El sacerdote, nacido en Lobería, tiene 60 años y comenzó su formación sacerdotal a los 18, cuando se trasladó a La Plata. Desde entonces pasó por distintas parroquias de la región, entre ellas General Madariaga, Mar del Plata, Comandante Nicanor Otamendi, y Mechongué, entre otros.
Su llegada a Quequén le permitió encontrarse con una estructura comunitaria que excede ampliamente a la sede parroquial. Nuestra Señora de la Merced tiene seis capillas, además de una importante presencia educativa a través del Jardín, la Escuela Primaria Nuestra Señora de la Merced y el Instituto Divino Maestro.
Para Pereyra, esa pertenencia se percibe en los detalles cotidianos, en el cuidado de los edificios y en la preocupación de los vecinos por mejorar los espacios que sienten propios.
La propia parroquia, cuya construcción data de 1902, constituye uno de los desafíos que encontró en su nueva tarea. El edificio presenta algunas cuestiones estructurales que están siendo evaluadas, aunque el objetivo es mantenerlo y ponerlo en valor.
Pero detrás de la descripción de la comunidad aparece una mirada mucho más amplia sobre el presente social.
Para el sacerdote, uno de los principales problemas de la sociedad actual está relacionado con la pérdida de los vínculos personales. La tecnología, sostuvo, no puede reemplazar el encuentro cara a cara, la mirada, el diálogo y la posibilidad de conocer lo que sucede en el corazón del otro.
Advirtió especialmente sobre las nuevas generaciones y el riesgo de quedar atrapadas en un mundo virtual que puede terminar confundiendo lo real con lo ficticio. “La tecnología no suplanta el encuentro personal”, resumió.
A esa situación se suma, según su mirada, una realidad económica que dificulta incluso la posibilidad de proyectar.
Walter Pereyra planteó que resulta difícil comprender que en un país con semejante riqueza y abundancia todavía existan personas que no puedan acceder a cuestiones básicas como alimentación, salud, educación, vivienda y trabajo.
Cuando esas necesidades elementales no están garantizadas, explicó, también se reduce la posibilidad de soñar con un futuro.
“El hombre está creado para soñar”, sostuvo. Pero cuando todo el esfuerzo cotidiano está destinado simplemente a sobrevivir, aparecen la tristeza, el desaliento y la pregunta acerca de para qué seguir esforzándose.
En ese escenario, consideró que la fe puede convertirse en un elemento de contención y esperanza, aunque aclaró que la Iglesia no tiene respuestas mágicas ni capacidad para resolver por sí sola los problemas sociales.
Su tarea, explicó, consiste muchas veces en acompañar, escuchar y hacer sentir al otro que sigue siendo una persona querida y valorada.
El trabajo de la Iglesia frente a las adicciones
Las adicciones ocuparon también un lugar importante en la conversación.
Walter Pereyra mencionó el consumo de drogas, el alcohol, el juego y otras formas de dependencia que, según observó, afectan a distintos sectores de la sociedad.
Recordó que, durante su paso por General Madariaga, hace alrededor de tres décadas, existían iniciativas en las que participaban sacerdotes, pastores, médicos y otros actores sociales para trabajar en prevención y acompañamiento.
Hoy, sostuvo, esa problemática parece haber adquirido una dimensión todavía mayor.
Frente a las situaciones de consumo y vulnerabilidad, la Iglesia intenta acompañar, aunque el sacerdote reconoció sus limitaciones. “No tenemos la posibilidad de solucionar la situación”, admitió.
Por eso consideró fundamental el trabajo conjunto con especialistas y organismos que puedan intervenir profesionalmente, mientras las comunidades religiosas aportan contención humana y espiritual.
En ese sentido, destacó el papel de Cáritas y de los voluntarios que colaboran con alimentos y otras necesidades, además de proyectos que la parroquia analiza desarrollar en Quequén.
Uno de ellos apunta especialmente a los adultos mayores, un sector que Pereira observa atravesado por la soledad y, en muchos casos, por dificultades económicas que obligan a elegir entre medicamentos, alimentos o el pago de los servicios.
La idea es impulsar una vianda semanal y, al mismo tiempo, generar espacios de encuentro entre adultos mayores y jóvenes.
Recuperar el bien común
Para el padre Pereyra, buena parte de los problemas actuales están vinculados con la pérdida del sentido comunitario.
Recordó que décadas atrás una persona podía salir de su trabajo y participar de una cooperadora escolar, un club, una parroquia o una institución barrial. Hoy, en cambio, las exigencias económicas, el cansancio y el aislamiento tecnológico hacen que muchas veces el individuo termine encerrado en su casa frente a un televisor o un teléfono celular.
Por eso planteó la necesidad de recuperar proyectos comunes y una mirada de largo plazo.
“Nosotros miramos y no nos terminamos de querer como pueblo, como comunidad”, afirmó.
En ese contexto, también puso en valor la próxima visita del papa León XIV a la Argentina y anticipó que su mensaje probablemente estará atravesado por conceptos que hoy parecen haber perdido espacio en el debate público, como la solidaridad, la fraternidad y el bien común.
Para el sacerdote, ese concepto resume buena parte de la misión cristiana, o sea mirar al otro y ayudarlo.
Walter Pereyra lleva apenas unos meses en Quequén, pero su primera impresión ya parece definida. Encontró una comunidad que quiere a su lugar y que conserva una importante capacidad de compromiso. El desafío, ahora, será acompañarla en una época que, según su mirada, necesita recuperar algo tan sencillo como profundo: volver a mirarse a los ojos, encontrarse, escucharse y recuperar la esperanza de construir juntos un futuro mejor.