por Jorge Gómez
Somos una ciudad joven si nos comparamos con tantas otras del mundo. Tenemos una ubicación privilegiada, un puerto de enorme importancia, un campo productivo, el mar, las playas, un parque extraordinario y una comunidad que, a lo largo de su historia, fue capaz de construir oportunidades.
Sin embargo, tener recursos y posibilidades no significa, necesariamente, saber aprovecharlos.
Por eso, en este aniversario, me parece oportuno preguntarnos: ¿qué somos como ciudad? ¿Qué queremos ser? ¿Hacia dónde vamos?
Necochea atraviesa un momento particular, en un país que vive una profunda transformación económica, con dificultades para el comercio, la producción y el sostenimiento de numerosas actividades. Cambian las formas de comprar, vender, trabajar y relacionarnos. Algunas actividades pierden terreno, otras buscan adaptarse y surgen desafíos que nos obligan a repensar el futuro.
Pero hay algo que no deberíamos perder de vista: Necochea tiene una identidad productiva que muchas veces no terminamos de dimensionar.
Somos una ciudad agroexportadora. Y eso no es solamente una definición económica: es una parte fundamental de nuestra identidad.
Detrás de cada cosecha hay productores que siembran, trabajadores rurales, transportistas, acopiadores, cooperativas, empresas, talleres, comercios, profesionales y una enorme cadena de actividades que se mueve alrededor del campo.
Al final de ese recorrido está Puerto Quequén, una de las grandes puertas de salida de la producción argentina al mundo, emplazado en el territorio del partido de Necochea y estrechamente ligado a la vida económica de Necochea y Quequén.
El puerto no es una realidad aislada que comienza y termina en sus muelles. Es una actividad que genera empleo directo e indirecto, movimiento comercial, servicios y oportunidades para miles de personas. La riqueza que nace en el campo y sale al mundo a través del puerto tiene una incidencia decisiva en la economía local.
Hay estimaciones que señalan que una proporción muy importante del dinero que circula en Necochea está vinculada con esa cadena agroexportadora. Si la referencia del 78 % que suele mencionarse se confirma con datos precisos, estaríamos hablando de una dimensión que merece ser comprendida y debatida por toda la comunidad.
Pero no somos solamente campo y puerto.
También somos turismo, cuando las condiciones económicas y climáticas acompañan; somos gastronomía, hotelería, comercio y servicios. Tenemos un frente costero, playas, naturaleza y atractivos que podrían sostener una actividad turística con mayor continuidad. También contamos con otros sectores que pueden crecer si existen iniciativa, inversión, imaginación y condiciones adecuadas.
Entonces, ¿cuál es el desafío? Que todo ese potencial se traduzca en más desarrollo, más trabajo, más oportunidades para los jóvenes y más posibilidades para quienes quieren emprender.
Aquí aparece una cuestión que considero fundamental: no podemos esperar que todo venga del Estado.
El Estado tiene responsabilidades que debe cumplir. Debe garantizar servicios, planificar, generar condiciones, administrar los recursos y acompañar el desarrollo. Pero una sociedad no puede depositar exclusivamente en sus gobernantes la responsabilidad de imaginar su futuro.
También hace falta una dirigencia empresarial que se anime a invertir, comerciantes que encuentren nuevas formas de competir, emprendedores que detecten oportunidades, instituciones que articulen proyectos y ciudadanos dispuestos a involucrarse.
Hace falta creatividad. Hace falta iniciativa. Hace falta que alguien se anime a pensar que en Necochea se pueden hacer cosas que todavía no se hicieron.
Porque las ciudades que crecen no son necesariamente las que tienen más recursos. Muchas veces son las que consiguen convertir sus recursos en proyectos, sus proyectos en inversiones y sus inversiones en oportunidades para su gente.
Y esto nos lleva a otra pregunta, quizá más incómoda: ¿qué nos está pasando como sociedad?
No estoy hablando de un gobierno en particular ni de una gestión municipal. Cambiar a un gobernante por otro puede modificar prioridades, decisiones y políticas, y eso importa. Pero no necesariamente alcanza para transformar una comunidad si no cambian también ciertas actitudes, si no recuperamos el compromiso con el lugar donde vivimos y si seguimos esperando que sean siempre otros quienes resuelvan nuestros problemas.
¿Sentimos a Necochea como algo propio? ¿Nos comprometemos con lo que pasa? ¿Nos preocupa que un comercio cierre, que una actividad desaparezca o que una oportunidad se pierda? ¿Estamos dispuestos a participar, proponer, invertir, colaborar y también exigir?
A veces parece que nos cuesta recuperar el entusiasmo. Hay preocupación económica, cansancio y dificultades que se profundizaron después de la pandemia. Hay personas que atraviesan problemas de salud mental, incertidumbre y angustia. No es una particularidad de Necochea, pero también forma parte de la realidad que vivimos.
Una ciudad no se construye solamente con obras, presupuestos y anuncios. Se construye con vínculos, confianza, iniciativa y el sentimiento de pertenecer a una comunidad que comparte algo más que un domicilio.
En ese punto, recuerdo una frase de John F. Kennedy: no debemos preguntarnos solamente qué puede hacer nuestro país por nosotros, sino también qué podemos hacer nosotros por nuestro país.
Trasladada a nuestra realidad, la pregunta sería: ¿qué estamos dispuestos a hacer nosotros por Necochea?
No se trata de justificar a nadie ni de reemplazar las obligaciones de quienes tienen responsabilidades públicas. Se trata de entender que el futuro de una ciudad también depende de la actitud de sus habitantes, de su capacidad para comprometerse y de su voluntad de construir algo en común.
Hubo un tiempo en que Necochea fue un lugar al que mucha gente llegaba para instalarse, trabajar, formar una familia y desarrollar un proyecto de vida. La ciudad representaba una posibilidad, una promesa de futuro.
¿Podemos volver a ser ese faro? ¿Podemos recuperar esa capacidad de atraer personas, inversiones, emprendimientos e ideas? ¿Podemos ofrecerles a nuestros jóvenes razones para quedarse y a quienes vienen de afuera motivos para elegirnos?
No creo que la respuesta esté en mirar hacia atrás con nostalgia. Lo que pasó, pasó. Hubo aciertos, errores, avances y retrocesos. Hay cosas que se hicieron y otras que siguen pendientes. Hay iniciativas que merecen continuidad y problemas que exigen nuevas respuestas.
La historia sirve para entender de dónde venimos, pero no puede convertirse en una excusa para dejar de pensar hacia dónde vamos.
Tampoco se trata de caer en el pesimismo. Hay oportunidades, hay gente que trabaja, hay actividades que sostienen la economía y hay proyectos que pueden abrir nuevos caminos. El desafío es reconocerlos, fortalecerlos y animarnos a imaginar otros.
A 145 años de su fundación, Necochea necesita discutir su futuro con amplitud, sin quedar atrapada en las disputas políticas de cada día y sin creer que todo depende de una sola persona o de una sola decisión.
Somos una ciudad agroexportadora, con un puerto estratégico, un campo que produce, un turismo con posibilidades, servicios que pueden crecer y una enorme capacidad humana que todavía tiene mucho para aportar.
La pregunta es si seremos capaces de transformar todo eso en un proyecto de ciudad.
Porque cumplir 145 años no debería ser solamente una ocasión para recordar a nuestros fundadores. Debería servirnos para pensar qué sociedad somos, qué oportunidades estamos aprovechando y cuáles estamos dejando pasar.
Y, sobre todo, para preguntarnos si estamos dispuestos a recuperar el entusiasmo, la creatividad y el compromiso necesarios para volver a ser una ciudad que convoque, atraiga y ofrezca futuro.
Necochea tiene una historia. Tiene recursos. Tiene oportunidades. Lo que necesitamos es creer que todavía podemos hacer mucho más con todo lo que tenemos.
¡Feliz aniversario, Necochea!